Emociones en Juego

La competencia es la esencia del deporte, no es ninguna novedad. El momento de enfrentar nuestro equipo con un rival es el acontecimiento más esperado por todos, por miles de razones diferentes.

En el momento de pisar la cancha, sea jugador o entrenador, las emociones comienzan a estar a flor de piel, no es para menos, la adrenalina de la competencia nos activa de manera tal de poder responder a las situaciones que nos vamos a enfrentar. Esto encuentra su explicación en las regiones más primitivas de nuestro cerebro, desde hace miles de años nuestro sistema nervioso y emocional se preparó para estar listo a reaccionar en diferentes situaciones. El peligro o una situación estresante  nos desencadenan diversos mecanismos que convergen en tomar una decisión: pelear o escapar. Claro está que hace mucho, mucho tiempo el problema era encontrarse con un animal salvaje y decidir en huir o enfrentarse y convertirlo en nuestro almuerzo. Hoy no tenemos ese problema, pero nuestro cerebro codificó la misma sensación de peligro en otras formas nuevas, todas basadas en nuestras significaciones culturales y sociales.

Entonces, para un entrenador el peligro puede ser que toda su preparación para un partido y el éxito del mismo se vea perjudicado por el rival de turno, los árbitros, o los miembros del equipo, o por sus propios errores. Es amenazante porque puede significar perder su trabajo, enfrentarse a sensaciones negativas, sentirse derrotado, que no cumple con su tarea, o infinidad de cosas más.

Saber que puede enfrentarse a esas situaciones disparan estos famosos mecanismos que nos preparan para hacerle frente a la situación. Las emociones juegan una parte central en todo esto, nos van a dar el empujón que necesitemos para pelear o para tirar la toalla.

La velocidad con la que se dan los acontecimientos, y la misma con la que tenemos que tomar decisiones que pueden marcar un rumbo u otro en el juego; hacen que estemos susceptibles a cambios emocionales.

Si el plan viene bien y los objetivos planteados para el encuentro se vienen cumpliendo no hay demasiado problema, no hay amenaza, la comunicación fluye, todos se contagian de cuestiones favorables. Todo se encamina a ser  un momento cargado de emociones positivas. Pero incluso esto puede tener una parte perjudicial, y aquí comienza el tema central, el famoso equilibrio emocional.

Si pudimos cumplir con todos los objetivos planteados para ese partido específico probablemente nuestras sensaciones sean de alegría, buen humor, confianza, etc. Y está muy bien que así sea, debemos disfrutarlas. Pero, si nuestro termómetro emocional tiene vida propia, es sencillo entregarse completamente a ellas y comenzar a ser invadido por sensaciones de superioridad, egocentrismo, entre otras. Las cuales como en otros posts hemos mencionado, nublan nuestro juicio y nos llevan a pensar o actuar de maneras no productivas, incorrectas, no sanas o como quieran llamarles.

Por otro lado, cuando las cosas salen mal se generan, creo yo, más problemas a resolver. Si tuviéramos que elegir una situación a resolver entre tener que frenarnos en el éxito para que no se nos “suba a la cabeza” o tener que “levantar la cabeza” después de un contratiempo o conjunto de ellos, elegiríamos la primera sin dudarlo; cuando hay más cuestiones positivas generales de donde sostenerse resulta más sencillo resolverlo, en mi opinión.

Cuando las cosas salen mal, si no estamos preparados para ello, puede generarse un estado emocional que no nos permita poder resolver el problema y contribuya a hundirnos más y más.

Imaginen que estamos en un partido importante, el juego está parejo, comienza el último cuarto y perdemos por 5. Damos la indicación antes de salir a la cancha de que nuestro jugador defendiendo al tirador del otro equipo recuerde que los bloqueos para salir a lanzar cerca de la pelota debe meterse en seguidor y los que son lejos de la pelota pasarlos en “espacio”. Comienza el juego y el tirador recibe un bloqueo para salir a tirar a la esquina con la pelota a 45° y nuestro defensor intenta pasar por arriba del bloqueo. Triple del equipo contrario, la temperatura sube, perdemos por 8. Vamos hacia el otro lado a atacar y nuestro base, todavía sin entender como su compañero le erró a la defensa anterior, pide un pick and roll en el eje (pensando en tomar las riendas para acercarnos en el marcador)  y termina intentando una bandeja muy forzada ante la buena defensa del equipo contrario. Luego del rebote volvemos a defender, pero el base después de la mala decisión que tomó no vuelve a defender como debería hacerlo, por lo que estamos en desventaja, nuestro defensor que había errado a su decisión anteriormente ahora toma la correcta y se queda con el tirador, pero está tan preocupado por él que luego de que el equipo contrario mueve la pelota por el perímetro y uno de los jugadores rompe hacia el aro llega tarde a realizar una ayuda secundaria que culmina en un doble y foul. Como si todo esto fuera poco, el base protesta con el árbitro porque pensó que en su ataque al aro previo hubo contacto y se gana una falta técnica.

Si fuéramos el entrenador, probablemente ya estaríamos sintiendo mil cosas, las cosas se ponen cuesta arriba, las distracciones nos pusieron al doble de desventaja en el marcador que con la que habíamos comenzado el cuarto, tenemos 2 jugadores frustrados. ¡Peligro a la vista! Comenzamos a gritar, el árbitro nos indica que permanezcamos en nuestro lugar, por lo que le recriminamos también algo, todo se derrumba.

Cuántas veces hemos visto o estado en situaciones similares y nos hemos dejado gobernar por las emociones, es como si no pensáramos, solo gritamos o decimos cosas que no contribuyen a salir del problema. Luego bastante tiempo después del hecho cuando termina el juego y volvemos nuestra casa nos damos cuenta del error que cometimos. Los expertos denominan esto como “asaltos emocionales” donde las emociones toman el control de todo y la porción racional de nuestro cerebro queda en segundo plano. Miren este video que, a pesar de tener un tinte gracioso, les aseguro que a más de uno le va a despertar distintas emociones.

¿Por qué pasa esto? Y aún más importante, ¿se puede controlar?

La respuesta la tiene la neurociencia, y a pesar de estar muy lejos de tener amplios conocimientos en ella, intentaré explicar lo mejor que pueda por qué se genera esto.

Nuestro cerebro como decía anteriormente se prepara para hacer frente a una amenaza, el proceso comienza en los sentidos, más precisamente en el oído y la vista quienes son los encargados de detectar estas amenazas. De allí la información viaja hasta el tálamo y este la codifica y la envía por dos “caminos” uno que va a la neo corteza cerebral (encargado de lo racional)   y otro a la amígdala cerebral (encargada de lo emocional)  hasta aquí no habría problemas, pero ya hace un tiempo se descubrió que el “camino” entre el tálamo y la amígdala era “más corto” que el del tálamo a la neo corteza, por lo que la respuesta emocional era más rápida que la respuesta racional. Lo que explicaba porque muchas veces somos presos de la emoción y tardamos en  pensar racionalmente. Claro está, que esto se produce en muy muy poco tiempo, pero la porción emocional es más veloz generalmente que la racional.

Y ahora más importante, es cómo podemos evitar esos asaltos emocionales. Si no logramos sobreponernos a ellos, las posibilidades se cierran, si sucumbimos ante las emociones negativas se hará extremadamente difícil encontrar una solución rápido o poder detectar algo positivo a través del cual logremos construir una respuesta favorable hacia el problema.

 La clave está en generar un hábito ante la sensación que nos pueden provocar las “amenazas”, esto requiere tiempo, esfuerzo, compromiso y regularidad.

El primer hábito que podemos tomar es el famoso “contar hasta diez”, el cual en su momento a veces no le encontrábamos el sentido, pero ahora sabiendo lo arriba mencionado, no reaccionar de inmediato e intentar contar hasta 10 hará que la razón se empareje con la emoción ya que demoramos un momento la respuesta, además nos hace concentrarnos en otra cosa que no es el problema frente a nosotros, por lo que permite que el asalto no nos impacte totalmente.

Esta herramienta resulta ideal para los tiempos muertos luego de una situación complicada o problemática, en el corto tiempo en que el juego se detiene y los jugadores van hacia su banco y toman agua o hablan entre ellos, nosotros podemos estar contando hasta 10 para luego dar el mensaje. Lo mismo antes de dar la charla del entretiempo, ahí tenemos incluso más tiempo para hacerlo detenidamente.

Otra herramienta a tener en cuenta es cuestionar rápidamente lo que estamos sintiendo, de manera de “reclutar” más la parte racional de nuestros pensamientos. Entonces en vez de buscar razones para estar enojado, pensar en ¿para qué estoy enojado? ¿qué voy a poder lograr estando enojado y qué no?. Seguramente nos ayude a pensar desde otra perspectiva el problema, o por lo menos a no sucumbir a nuestras emociones instantáneas. Este hábito es también ideal para la charla del entretiempo o la del final del juego, aunque les recomiendo personalmente que esta última sea lo más breve posible.

Una tercera herramienta es la distracción, apartar nuestra mente de lo que estemos pensando en ese momento con cualquier cosa. Hay entrenadores que luego de un partido caminan hasta sus casas en vez de llegar rápido en auto, concentrándose en el paisaje o lo que están viendo. Otros leen, otros realizan alguna actividad pasiva. Depende de cada uno, la esencia de la idea es restarle importancia inmediata a lo sucedido, y concentrarse en algo que nos ayude a bajar la adrenalina y disipar los pensamientos redundantes  y recurrentes sobre el problema. Como decía en un post anterior “salirse, alejarse del tema; para volver luego mejor predispuesto”. Claro está que esta herramienta es ideal para el pre-partido si nos está ganando la ansiedad o el post partido, ¡lamentablemente no podemos irnos a pasear en el medio del juego para calmarnos!

Estas son algunas de las herramientas más sencillas para utilizar. Existen otras, creo personalmente que cada uno toma o idea la que más resultado obtenga o la que más se ajuste a sus demandas o gustos.

En el juego, este control emocional debemos tenerlo presente siempre y hay situaciones muy puntuales en donde debemos estar equilibrado: cuando hablamos con los jugadores, asistentes o árbitro, y previo a tomar decisiones. Entonces aprovechar los tiempos muertos, los momentos donde el juego se detiene o los entre tiempos para hacer uso de las herramientas y poder dirigirse de una mejor manera hacia el resto es de vital importancia.

El equilibrio es la clave, en nuestro interior y en el equipo. Y a partir de esto, podemos pensar en una cuestión importante más: si seremos defensores del equilibrio o no. Si lo somos entonces debemos tener en claro que muchas veces significa ir en contra de lo que el equipo esté pasando, de manera de compensar. Como si estuviéramos en un bote y todo el equipo se pone en un lado de él, probablemente se comience a voltear. Si nosotros como líderes nos ponemos del mismo lado ayudaremos a que esto ocurra, pero si nos ponemos del lado contrario, podremos comenzar a compensar el peso y a través de nuestras emociones, diálogo y lenguaje corporal iremos contagiando miembros del equipo para equilibrar el bote. Una vez que todos hayan cambiado de lado, nos toca a nosotros ponernos enfrente, o en el centro.

Entonces si el equipo está exaltado, el entrenador debería estar calmado; por otro lado si el equipo está muy calmado, casi dormido, el entrenador debe estar activo y utilizar herramientas para cambiar esos estados. Si el equipo está equilibrado…los felicito, ¡lograron algo muy difícil!

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Marcos Emilio (@CoachMeBasket)

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